Mamadou Soumounou: la necesidad ganó al miedo de morir en el mar

Mamadou

No se pueden poner diques al mar. Nadie pudo parar a Mamadou Soumounou en su intención de venir a España. Sus diques fueron varios pero la necesidad era mayor, más fuerte, urgente. Es de Mali. Vive en Elche desde 2008, solo, con el cuerpo y las ilusiones aquí pero el corazón en Boutioube, un pueblo tan pequeño que no aparece en Internet.  El viaje fue largo. En dos tiempos. Uno muy lento y sufrido. El segundo, fluido, fruto de la experiencia y la suerte.

Su primer intento de entrar a nuestro país comenzó en su casa. La única que sabía que iba a irse era su hermana. El no quería contárselo a su madre, viuda reciente, porque no quería preocuparla. Los malienses están al tanto de los muertos en el mar. Hay pueblos que prohíben a sus ciudadanos intentarlo porque cuentan con una veintena de fallecidos. Mamadou no quería saber nada. Su deseo era tan fuerte que no hacía caso de las malas noticias. Había podido ahorrar 150 euros, lo que le permitiría poder llegar a Nuakchot, la capital de Mauritania. En ese presupuesto incluía los sobornos a los policías. Recuerda que de madrugada, mientras viajaba, un grupo de policías detuvo el autobús y comenzó a pedir papeles. Lo hicieron bajar, lo amenazaron con devolverlo a casa, fue el primero de los pagos bajo manga que tuvo que hacer. A cada paso un poco más. Recuerda con rabia que perdió ese billete y que tuvo que pagar otro.

Aldea de Kayes, provincia a la que pertenece Boutioube

Aldea de Kayes, provincia a la que pertenece Boutioube

Mamadou nace en Mali. Su madre es de Senegal y su padre maliense. Es el quinto de seis hermanos. Cuatro varones y dos mujeres. En Mali el que manda es el hermano mayor, mucho más que el padre. El primogénito, sea mujer u hombre, es el que guía al resto. Su hermano sembró en él la semilla de migrar a Europa. Éste hizo varios intentos para poder emigrar a Francia, país al que viaja la mayoría de los malienses, pero todas las solicitudes de visado le fueron denegadas.

 

En Mali el que manda es el hermano mayor, mucho más que el padre. El primogénito, sea mujer u hombre, es el que guía al resto

 

A través de un conocido de su padre, después de meses trabajando en Mauritania, consiguió un sitio en una patera. Esta persona le ayudó a pagarlo. Mamadou nos explica que el precio es variable, desde 1000 euros hasta lo que les plazca a ellos. Si la persona que viaja sabe de barcos puede pagar el trayecto con su trabajo. Son los menos. Esperaron en la playa, en Nouadhibou, el momento idóneo. 53 varones (de Senegal, Mali, Burkina Fasso…) se suben a un barco de pesca y se tapan con mantas. Permanecen escondidos durante un día hasta que un barco más grande los encuentra en el medio del mar. Viene a recogerlos para hacer el resto del viaje. El traspaso se hace de forma rudimentaria, unos cuantos caen al mar intentando pasar. Cuando suben se encuentran con otro medio centenar de emigrantes y con un poco de agua y galletas. Con esas provisiones viajan cuatro días más. El espacio está justo, muy bien amortizado por las mafias. “Hay personas que pasan todo el camino en la misma posición, cuando se levantan caen desmayadas”, explica Mamadou. En esta ocasión eran todos varones, él dice que las mujeres que vienen a Europa en patera son de Nigeria porque “salen a buscarse la vida igual que los hombres”, añade, “eso no pasa en Mali, la mujer que emigra es porque su marido la reagrupa y viaja en avión”.

 

En la patera el espacio está justo, muy bien amortizado por las mafias

 

Llegan a España por San Sebastián de la Gomera. Él viajaba en la popa de la patera y desde allí vio a una gran cantidad de personas sacando fotos y grabando vídeos. Un centenar de africanos se acercaban en patera a una apacible playa canaria. Quizás la noticia debería haber sido que lo hacían todos sanos y salvos. Quizás. A partir de ese momento la maquinaria se puso en marcha. Guardia civil, Cruz Roja, ambulancias, comida, agua, mantas y, sin comprender cómo, todos al Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) de Fuerteventura.

Guarda recuerdos muy malos de ese sitio. Su relato concuerda con lo que se está escuchando ahora en los medios. Las instalaciones son insuficientes para tanta gente y están obsoletas. Siempre hay prisa, para comer (si no los funcionarios les tiran la bandeja de comida a la basura), para rezar, para asearse. Falta tiempo pero sobran los malos modales y los gritos de los empleados. Mamadou relata que “a un compañero, uno de ellos le tiró una piedra en la cabeza”. Estuvo allí un mes, hasta que le dijeron que se preparasen para volar a Madrid. Engañados e ilusionados los llevaron al aeropuerto, allí los maniataron y los metieron en un avión. Recuerda que había más policías que inmigrantes. El destino era Mauritania, en ese momento se dio cuenta de que no le habían preguntado de dónde era, dieron por hecho que era mauritano porque la mayoría de los que iba en la patera provenía de allí. En Nuakchot los agentes locales lo maltrataron por inmigrante. Decidió volver a Mali, a ver a su madre.

 

En el CIE de Fuerteventura siempre hay prisa, para comer, para rezar, para asearse. Falta tiempo pero sobran los malos modales y los gritos de los funcionarios

 

Cualquiera de nosotros, en su situación, hubiese desistido. Mamadou, no. “Cuando tengo una idea en la cabeza no paro”, dice. Tal era su empeño que en una semana volvió a intentarlo. Esta vez tuvo suerte. En todo. Ya sabía cómo era el viaje, por carretera y por mar. Y fue afortunado también al llegar a España. Esta segunda vez terminó en el CIE de Tenerife. Más pequeño y mucho mejor gestionado. Le costó creer que sería liberado en Madrid. A partir de ese momento todo su relato se vuelve agradecimiento. A un agente de policía que le da 50 euros y se preocupa por que llegue a Alicante; a su amigo que lo espera en el aeropuerto y le da casa y comida; a su primer jefe, Daniel, que le da trabajo en una verdulería de la Plaza Madrid y le enseña español y al que tiene ahora, Paco, que lo contrata en su fábrica de calzado y le hace los papeles.

Su tenacidad, su valentía y hasta su inconsciencia le ha permitido cumplir su sueño, vivir en España y, desde aquí, poder ayudar a su familia. Ahora “se le ha puesto en la cabeza”, como dice él, casarse con Humba y traérsela a Elche. Lleva prometido un año y medio. El compromiso, acordado por su hermano mayor, se realizó dentro de la misma familia porque “nos da más confianza, nos conocemos de toda la vida”. Esta práctica es habitual en  Mali. Como lo es que las mujeres siempre se casen. No se concibe que sean solteras con más de 25 años. Si se diera algún caso, los vecinos pensarían que tiene algún problema físico o mental.

La situación política de su país también le preocupa. Mamadou dice que viven una falsa democracia desde el Golpe de Estado del 2012 que derrocó a Amadou Toumani Touré. Afirma que en las últimas elecciones, que ganó Ibrahim Boubacar Keïta, hubo presiones y que los votos provenientes del extranjero fueron cambiados. Por eso él no vota, no se fía del proceso.

Después de tres horas de entrevista, café de por medio, decidimos terminar. Él tiene que madrugar y yo intentar ordenar mis pensamientos. Antes de separarnos me reitera la invitación a su boda en Boutioube. Se que iré, ya se le ha metido la idea en la cabeza.

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