Julio Quiles, el psiquiatra “hippie”: “Porque tengas una carrera no eres mejor que nadie “

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Julio Quiles (Elche, 1950) no es un psiquiatra al uso. Recién jubilado de la sanidad pública conversa sobre su vida con EL TALADRO. Mitad golfo, mitad psiquiatra, mitad esteta (ahora está enredado en la locura de Nijinski), mitad casi de todo,  Julio es ante todo fieramente humano… psiquiatra por tanto. Lo de golfo es un halago, ojo. Una condición casi imprescindible para escrutar la mente de los demás. Quiles hace épica de la cotidianeidad, como los personajes de las películas los hermanos Cohen.

“Yo he sido mal estudiante desde siempre; era muy juerguista… Estaba en una pensión de la Plaza Redonda, Valencia 1969, y lo primero que me encuentro es una mesa jugando a las cartas…”. ¿Póker? “Sí”. ¿Con baraja española? “No, con americana”. Julio Quiles estudió Medicina y se especializó en la Escuela de Psiquiatría, en la rama de infantil. Todo ello después de ponerse las pilas, tras unos primeros años ralentizados. Le entró el remordimiento y se puso las pilas: su familia, clase media zapatera (él carga las tintas en “raspada”) financiaba los estudios y eso al final impone; o impone a las personas que se han educado bajo unos parámetros de responsabilidad, que es su caso.  Lo importante es que se puso las pilas, a pesar de una vocación, la de ser médico, atípica, apática tal vez. A Julio, pienso yo, la vida le ha hecho psiquiatra, además de unos conocimientos teóricos de los que no presume, pero que cita llegado el caso: Bleuler, Sakel, Jung…..

Recuerda una infancia feliz, medio pagana, años sesenta, “boom “ del calzado, llegada de los inmigrantes a Elche, Las Graduadas, La Academia Mercantil, el Instituto Laboral: “Casi todos los que estudiaron allí, salieron bien colocados”. Con 11 ó 12 años, combinaba los estudios con la fábrica que había montado su padre, de “entachar”. Repartía la faena con carro. “El carro lo empujábamos nosotros”, matiza con sorna. Años sesenta. La España feliz del desarrollismo. Media jornada en la fábrica, la otra media en la escuela, luego en el instituto.

– Eso ahora sería explotación infantil, Julio.

– Es que había necesidad de trabajar. Yo no tengo sentimiento de haber sido un niño yuntero. Era la época, es que entonces ni nos planteábamos esas cosas. De verdad que no me generó ningún trauma, lo viví feliz.

– ¿Y la dictadura?

– Mi padre era de izquierdas pero de eso nunca se hablaba en casa. Había mucho trabajo y eso hacía que la política no se notara demasiado. Yo lo que recuerdo es las clasificaciones de las películas, con rombos, que colgaban en las parroquias […] a mí lo que me marcó mucho de verdad fueron las novelas del oeste y del Capitán Trueno, ya sé que ahora puede quedar raro pero es que aprendí algo que siempre he llevado por bandera como es el valor de la palabra y el honor.

Julio Quiles es muy conocido en Elche porque en 1984, cuando era alcalde Ramón Pastor, sacó un plaza municipal para montar el Centro de Atención a Toxicómanos (CAT), una idea que también impulsaron Pepe Sánchez y Santiago Ripoll, con un estudio previo sobre los problemas de drogodependencia en Elche. Era los tiempos de la heroína… y de los adolescentes esnifando cola de calzado, cosa esta última de la que ahora casi ni se habla. Luego sacó la oposición de psiquiatra en la sanidad pública con destino Orihuela y luego en el Centro de Salud de Altabix donde ha permanecido 25 años a pie de cañón. En los 80 se le mezcló la heroína con el VIH, estigma de los estigmas. Lo vociferó Ana Curra en su peculiar versión  del “Non, rien de rien… ¡con el Sida, se acabó la movida!”.

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Lo que influye mucho ahora es el no saber vivir. Estamos metidos en una marabunta en la que no nos planteamos vivir bien. El más rico es el que menos necesita. Más del veinte por ciento de los que acuden a consultas de psiquiatría  lo que necesitan  de verdad es apoyo social

Llegados a este punto debo advertir: Julio no hace épica de aquellos años. No hace épica de nada: es su seña de identidad. Y yo sé que no la hace (la épica) por cierto sentido del pudor. Por no darse el pego, como harían otros, de pregonar que ha chupado polvo, que ha conocido a pandilleros tatuados y suburbiales, a yonkis de la “working class”, yonkis desclasados, yonkis con mucha clase, o a incipientes coqueros de clase muy desahogada: raya dura hasta la sepultura. Julio solo hace épica de que ha sido un poco golfo, un poco vividor, un poco juerguista, un poco bohemio, un poco raro, un poco “offsider”. Un poco de todo, vamos. Otros hacen épica de cuando corrían delante de los grises en la universidad, o de cuando asistían a tertulias literarias clandestinas, o de cuando se fumaron su primer porro, o de cuando se desvirgaron en una noche loca con aromas de amor libre y música de mayo del 68.  Vaya usted a saber cómo estaba entonces el mercadeo del sexo… y del amor, que no tienen por qué ir separados. Quiles hace épica de la cotidianeidad, como los personajes de las películas los hermanos Cohen.  Es lo que más me gusta de él. También me gusta mucho el respeto que le tienen los jóvenes psiquiatras: a veces devoción.

Julio, también Quiles, es psiquiatra heterodoxo, que lo mismo lleva fama de pastillero (de recetar pastillas), que de ser demasiado amigo de los locos. Hablamos mucho de psiquiatría en torno a un café que casi dura tres horas. De psiquiatría en general y de psiquiatría en particular; el orfidal. Imperio Orfidal, morfina, bendita, para el pueblo. Psiquiatría en la sanidad pública. Falta de medios, excesiva medicalización, falta de psicólogos, pedagogía social para con la enfermedad mental, psiquiatrialización de cosas que no tienen nada que ver (la soledad), la vida: ”Yo soy muy crítico con todo, me ha ayudado mucho el leer, la cultura, y el hablar con la gente, y no tener miedo a innovar… y una de las cosas más importantes, utilizar el mismo lenguaje que usan los pacientes”. Julio dixit.  Y me dicta varias reglas que paso a reproducir por su interés:

  1. “Porque tengas una carrera no eres mejor que nadie. Un médico no tiene porqué estar por encima de nadie”.
  2. “Hay médicos que están ensimismados en su estatus, y no se dan cuenta de que sin pacientes no somos nadie”.
  3. “Siempre que estás con un paciente, tienes obligaciones ante él. El respeto es muy importante, nunca se puede tratar mal a nadie”.
  4. “Lo que influye mucho ahora es el no saber vivir. Estamos metidos en una marabunta en la que no nos planteamos vivir bien. El más rico es el que menos necesita. Más del veinte por ciento de los que acuden a consultas de psiquiatría  lo que necesitan  de verdad es apoyo social”.

– ¿Qué coche tienes?

– Un Mercedes de segunda mano que me ha costado 2.500 euros -responde al instante.

A mí lo que me marcó mucho de verdad fueron las novelas del oeste y del Capitán Trueno, ya sé que ahora puede quedar raro pero es que aprendí algo que siempre he llevado por bandera como es el valor de la palabra y el honor

Julio tampoco tiene pisito, o pisazo, en las playas de Santa Pola. Esto sí que le gusta: sustentar cierto halo de psiquiatra “hippie”, que lo es. Le lanzo la pregunta trampa (y boba) del coche por ver si le pillo en un renuncio y resulta que pilota un cochazo de 50.000 euros. No, es de 2.500. Y sin bunga en la playa. Medidores de coherencia: no tengo nada en contra de los cochazos ni de los bungas. Julio es legal, es decir, coherente.

Me gusta mucho la épica de la cotidianeidad. Igual que me gusta en Julio, con pinta de macho alfa, su rara sensibilidad por el arte, y por la relación entre ciertos artistas y la locura. Presentó hace unos meses, en un Congreso de Psiquiatría, una ponencia sobre Van Gogh; se lo sabe todo. Tenía cuadros de epilepsia, con cuadros de psicosis, por intoxicación del plomo de la pintura, y por su afición a la absenta: “Van Gogh busca la miseria humana para ennoblecerla; cambia la religión por la pintura y desde el arte intenta mostrar la naturaleza del hombre”. Habla del artista holandés como mimetizado, abducido.

Van Gogh busca la miseria humana para ennoblecerla; cambia la religión por la pintura y desde el arte intenta mostrar la naturaleza del hombre

Y de Van Gogh se pasa, nos pasamos, a Vaslav Nijinsky, el gran abuelo de la danza moderna, el genio absoluto de “La Consagración de la primavera”. La madre de Nijinsky lo indujo a la homosexualidad para conseguir el triunfo. Y lo obtuvo. Julio, también Quiles, detalla las piruetas técnicas que nadie ha podido superar después. Detalla “El resueño del Fauno”, música de Debussy, como si hubiera sido un espectador de primera fila de los ballets de Sergei Diaghilev. Detalla la esquizofrenia tardía de Ninjinsky para concluir que una enfermedad tan estigmatizada puede agravarse con factores ambientales y de educación.

Julio, también Quiles, acaricia la figura de Nijinsky con ternura lorquiana, también con la furia lorquiana en su oda a Withman. Psiquiatra, con apariencia macarra, y esteta, sobre todo esteta; buceador de armonías perdidas, también de armonías rotas. Qué cosas.

 

 

 

 

 

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