Las trabajadoras y la violencia de género (Parte 2): “La limpieza cansa y te miran muy mal, muchas veces ni nos saludan”

La primera mecánica de Elche e ingeniera técnica industrial mecánica, Cristina Navarro, activista de Elx del Dret a Decidir
La primera mecánica de Elche e ingeniera técnica industrial mecánica, Cristina Navarro, activista de Elx del Dret a Decidir

Violencia de género: otras miradas

La publicación de este reportaje es fruto del acuerdo de colaboración de EL TALADRO con el curso de la UMH La violencia de género no es un suceso; aprende a tratarla

Segunda parte del reportaje sobre violencia de género en el acceso al mundo laboral. De la invisibilidad con que a veces se siente tratada una limpiadora a la primera mecánica de Elche, y más tarde ingeniera técnica industrial, a la que le recomendaron que se convirtiera en administrativa

Aún queda mucho por hacer en el ámbito laboral. Una muestra de ello es el servicio de limpieza, un trabajo que suele ser mayoritariamente territorio femenino (en centros educativos, comerciales, casas, oficinas…) salvo casos excepcionales. Una de tantas mujeres de este ámbito es Isabel, cuyo único oficio desempeñado a lo largo de su vida laboral ha sido el de limpiadora, tanto ahora en Elche como antes en Córdoba. Actualmente está empleada a través del Grupo Fissa limpiando en la Universidad Miguel Hernández, donde lleva trabajando desde 1997. Fue la primera mujer contratada en este servicio. Ahora sólo hay seis hombres una plantilla de 70 trabajadoras y trabajadores aproximadamente. Indica también que dentro de la empresa hay buen ambiente con los y las compañeras, ya que se ayudan mucho.

La suya es una historia bastante común entre madres que no han podido desarrollarse profesionalmente por la responsabilidad familiar que se les atribuye. Al principio no trabajaba para poder cuidar de sus hijas pequeñas y, por falta de tiempo, tampoco pudo estudiar después para elegir otra profesión, como asegura que le hubiera gustado. Cuando sus hijas se hicieron mayores llevaba tiempo alejada de los estudios y fue cuando empezó su empleo en este sector.

Siguió haciendo también las tareas de la casa. “Mucho trabajo”, responde riendo al preguntarle por la conciliación de la vida familiar y laboral. Ahora lo lleva mejor, su marido está jubilado y ayuda más en las tareas domésticas. No obstante, lo que sí hizo, y esto es otra historia común, fue esforzarse para que sus hijas tuvieran un futuro mejor, inculcándoles la necesidad de estudiar. “Las he encarrilado a ellas en lo que yo no he podido hacer”, apunta. Tiene una hija que es abogada y otra que es arquitecta y trabaja en Londres.

Cuando reflexiona sobre lo que le hubiera gustado hacer, no lo sabe exactamente, pero sí tiene claro que otro tipo de trabajo “porque la limpieza cansa y te miran muy mal”. Aparte del desgaste físico, le duele cómo se les trata desde fuera, nota cómo a ella y a otras compañeras se les mira por encima del hombro con cierto clasismo. O cuando las invisibilizan: “Muchas veces ni nos saludan”. Matiza que es posible que no lo hagan a propósito “porque van a lo suyo, pero te sientes un poco discriminada en ese aspecto”.

Le duele cómo se trata a las limpiadoras desde fuera, cómo se les mira por encima del hombro con cierto clasismo. O cuando las invisibilizan: “Muchas veces ni nos saludan”

Es una sensación que comparten todas, cómo pasan de ellas a pesar del trabajo que realizan y cómo los y las usuarias se entrometen en sus tareas “de forma imponente, sin respeto”. Pone algún ejemplo más de cómo estando al lado de una bedel, a ella sí la saludan pero a Isabel no. No se ha parado a pensar si es por ser mujer o por el trabajo —quizá por las dos cosas—, pero sí siente esa conducta altiva. Una sensación similar que a veces ha sentido desde puestos superiores, donde se les insta a trabajar “más y más y más” y asiente al ser preguntada si siente que falta algo más de valoración desde esos puestos.

La primera mecánica de Elche: “¿Cómo vas a apuntarte tú a automoción?”, le dijo el Jefe de Estudios

Un último caso que nos permite ver hasta dónde y cómo se extienden los tentáculos patriarcales en el ámbito laboral es el de Cristina Navarro, conocida activista y feminista local —ahora en Elx pel Dret a Decidir—, que fue la primera mujer de Elche que logró el título de Técnico Especialista en Mecánica y Electricidad del Automóvil, tras estudiar dos años en Salesianos y tres en La Torreta. Después complementó esos conocimientos en automoción con la licenciatura de Ingeniería Técnica Industrial Mecánica en la Universidad Politécnica de Alcoy. Aunque en su formación como técnica tuvo gran apoyo del profesorado y del director de los Salesianos en aquellos años —Vicente Serrano—, ya se fue encontrando con los primeros obstáculos en poco tiempo. Cuando quiso matricularse en la rama de automoción, el Jefe de Estudios del instituto le contestó: “¿Cómo vas a apuntarte tú a automoción?”. Y le recomendó que se matriculara para administrativa, un puesto más común en las mujeres. Tras seguir insistiéndole, al final este cedió. Fue la única de la clase.

Años después, en la carrera, aunque pocas, sí había más mujeres. No obstante, Cristina señala, hablando de las chicas, que cuanto más se acercan a la parte práctica del oficio, más problemas hay para introducirse en este ámbito laboral. La mayoría de mujeres que ha estudiado esas ingenierías suele estar en los despachos y no a pie de máquina en la línea de producción, un trabajo que queda reservado para los hombres. En este sentido, indica que a ella en más de una ocasión le han dicho explícitamente que no podían contratarla porque era una mujer, o se ha encontrado con comentarios en los que cuestionaban su capacidad para encabezar proyectos en los que había que dirigir a hombres.

La mayoría de mujeres que ha estudiado esas ingenierías suele estar en los despachos y no a pie de máquina en la línea de producción, un trabajo que queda reservado para los hombres

Es más, nunca ha podido trabajar en su especialidad. Y todo por el mero hecho de ser mujer, a pesar de estar capacitada para ello. Entre algunas anécdotas, recuerda entre risas —por la distensión del momento— cómo un día fue a una entrevista para jefa de taller —un puesto para el que además estaba sobrecualificada— y le dijeron que le habían entrevistado “por curiosidad”, ya que sabían desde el principio que no iban a contratarla. Después de haber visto tantos reveses, desistió de intentar trabajar en aquello para lo que estudió. Según su experiencia, “es imposible”, sentencia.

No obstante, por el desarrollo de los acontecimientos sí ha trabajado en obra civil, donde también ha vivido todo tipo de situaciones, desde cuestionamientos hasta incluso despidos repentinos tras volver de una baja de tres o cuatro días —su jefe ya la tenía entre ceja y ceja por ser mujer, afirma—. Tuvo la oportunidad de trabajar en Aigües d’Elx, donde ya había otras mujeres, ya que las aparejadoras y arquitectas estaban bien vistas y han abierto una brecha en el sector. Allí también sufrió cuestionamientos por su sexo.

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También estuvo como mecánica en el taller de su padre, para quien fue una situación dura, ya que no podía no aceptarla por ser su hija. “Tenía la mentalidad del resto de mecánicos” —¡una mujer mecánica! ¡habráse visto!—, asevera Cristina, quien dice en tono orgulloso que su padre ya ha abierto más su conciencia. A pesar de la ilusión de estar allí, para ella no fue fácil, poco tardaron en llegar las primeras actitudes machistas, con comentarios rancios que reforzaban los roles de género o que ponían en duda su capacidad como mecánica.

Recuerda cómo un cliente se negó a que ella le cambiara al coche algo tan simple como una bombilla, lo cual tuvo que hacer su padre, o cómo le decían comentarios como “¿has lavado al casa antes de bajar?”. Tuvo que demostrarle a su padre que ella era capaz de desempeñar la labor como mecánica, siendo consciente de que en otro taller hubiera sido imposible que la contrataran. Al final lo abandonó, pero también señala que tuvo mucho apoyo de su hermano, que también trabajaba allí. “Creo que algunos clientes de mi padre dejaron de ir al taller porque estaba yo”, apostilla. Finalmente, años después su padre le regaló una caja de herramientas como reconocimiento a su profesión.

En una entrevista para jefa de taller le dijeron que le habían entrevistado “por curiosidad”, ya que sabían desde el principio que no iban a contratarla

En general, se ha encontrado en sus empleos con la falta de valoración, la imposibilidad de participar en la cadena de transmisión de conocimientos o con que sus errores eran la demostración de que “no servía” para un determinado trabajo. En este sentido, indica que el mundo de la tecnología es bastante machista y como mujer activista siempre intenta llevar la línea feminista allá donde va; si algo le caracteriza es ser luchadora, y nunca se ha rendido.

Actualmente se dedica a participar en diferentes proyectos tecnológicos: drones, talleres de tecnología para niños y niñas, otros que tienen que ver más con la electrónica… Intenta imprimir una visión de género a la tecnología y lo hace de diferentes formas: por ejemplo dando a las niñas herramientas a las que no tienen acceso desde el principio, apelar a referentes femeninos en este ámbito, coser… —algo con lo que salvo excepciones los niños también van disfrutando—. Valoriza los saberes y experiencias tecnológicos tradicionales de las mujeres, algo que ayuda a que ya desde bien pequeños, tanto niños como niñas se vayan familiarizando con los estereotipos del otro, rompiendo esos esquemas que ya nos vienen dados por el patriarcado y con los que nos socializamos desde la más temprana infancia.

Es una pequeña forma de romper —la educación es sólo una de ellas— el statu quo y de que en el futuro esos roles, estereotipos y diferentes tipos de violencia en tantos ámbitos y de tantos tipos vayan desapareciendo. Que, finalmente, al contrario de estos casos concretos que hemos visto y que se repiten a diario, hagan a la sociedad ver la necesidad de la igualdad entre hombres y mujeres que busca el feminismo; que la violencia de género no es un suceso, un caso concreto que le ocurre a una mujer, sino una agresión constante y estructural al colectivo femenino, necesaria para que el orden social siga dominando. Una opresión absurda si pensamos en que se está discriminando por el mero hecho de pertenecer a un determinado sexo. Por otra parte, no es tan absurdo para el sistema capitalista por los beneficios que saca de ello, pero de eso hablamos otro día.

 

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