Banco amigo, banco odiado, banco necesario

Cajero automático de una sucursal del Sabadell en Elche.
Cajero automático de una sucursal del Sabadell en Elche.

Arenales del Sol y Matola son dos claros exponentes de la “exclusión financiera” en Elche.  Las dos pedanías no cuentan con ninguna sucursal bancaria en la que poder realizar sus gestiones, esas operaciones domésticas que habían caracterizado a la banca tradicional antes de que ésta se dedicase a otras cosas y a los negocios turbulentos. Este fenómeno afecta a los vecinos, sobre todo a las personas mayores, pero también a la actividad comercial y empresarial.

Los bancos amenazando con una nueva oleada de cierres de sucursales y los vecinos de Arenales del Sol y Matola reclamando la reapertura de oficinas en sus respectivas pedanías tras quedarse sin este servicio  financiero. Toda una paradoja en ese singular y, a la vez, familiar vínculo que el sistema bancario había venido mantenido con los ciudadanos, en especial con los residentes en las pequeñas poblaciones. Unas relaciones que desde hace tiempo, y más concretamente desde el estallido de la crisis en 2008, han ido perdiendo esa familiaridad, proximidad y cercanía de la que los bancos, y en particular las cajas de ahorros, tanto habían presumido ante sus clientes. Ya no volverán aquellos tiempos en los que el director de un banco o caja solía decirte que allí, en tu sucursal más próxima, tenías un amigo.

Ya no volverán aquellos tiempos en los que el director de un banco o caja solía decirte que allí, en tu sucursal más próxima, tenías un amigo

Es curioso, pero por apenas 48 horas de diferencia no ha coincidido el anuncio del Ayuntamiento de Elche de una petición de ayuda al Instituto Valenciano de Finanzas (IVF) para evitar la llamada “exclusión financiera” de estos núcleos de población con el inicio del juicio de las “tarjetas black” de Caja Madrid, el caso de corrupción probablemente más vergonzoso y que más repudio social ha generado: mientras unos ciudadanos sufrían en sus carnes los recortes y los desahucios, otros (los consejeros y directivos de dicha entidad financiera) despilfarraban millones de euros en caprichos personales con unas tarjetas teóricamente destinadas a gastos de representación y ocultas a cualquier control fiscal. Otra paradoja de difícil asimilación. Un suma y sigue en una larga trayectoria de desprestigio protagonizado por bancos y cajas de ahorros -ya desaparecidas, absorbidas o fusionadas- en connivencia no pocas veces con el poder político e instituciones varias.

Hemos criticado, denunciado, odiado, y maldecido a los bancos y a los banqueros por sus tropelías, abusos y engaños y, sin embargo, el sistema está de tal modo montado que salvo que nos echemos al monte con la cabra, los necesitamos

Puede resultar incongruente, pero así es. Hemos criticado, denunciado, odiado, y maldecido a los bancos y a los banqueros por sus tropelías, abusos y engaños y, sin embargo, el sistema está de tal modo montado que salvo que nos echemos al monte con la cabra, los necesitamos. Si a los que vivimos en la ciudad ya nos fastidia que nos quiten la sucursal que teníamos cerca de casa, entiendo cómo se pueden sentir los vecinos de Matola, especialmente las personas más mayores, al quedarse desde antes del verano sin ninguna oficina en la que poder realizar sus gestiones financieras. En Arenales del Sol el cierre de la sucursal de la extinta Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM), viene de lejos. Si no recuerdo mal se llevó a cabo a finales de 2009 y dentro de un “plan de racionalización” de oficinas programado por entender la dirección  que la rentabilidad de la oficina no era la mínima requerida. Fue algo así como el primer aviso de lo que vendría después. Entonces el Ayuntamiento también realizó gestiones para evitar el cierre, aunque los resultados ya los hemos visto. Han pasado siete años y todo sigue igual. Las reclamaciones de los vecinos de Matola y Arenales del Sol para poder disponer de una oficina bancaria o, como mínimo, un cajero automático, no son casos únicos. Se han producido también en otras localidades de la provincia, en barrios de Alicante y en otras poblaciones españolas.

Las reclamaciones de los vecinos de Matola y Arenales del Sol para poder disponer de una oficina bancaria o, como mínimo, un cajero automático, no son casos únicos. Se han producido también en otras localidades de la provincia, en barrios de Alicante y en otras poblaciones españolas

La Fundación de las Cajas de Ahorros (FUNCAS) ha publicado un estudio de Joaquín Maudos, catedrático de Análisis Económicos de la Universidad de Valencia, donde se analiza la concentración regional del mercado bancario español. Entre otras anotaciones, Maudos apunta que Valencia y Alicante se han situado entre las ocho provincias españolas que, porcentualmente, más sucursales bancarias han perdido durante la crisis. La primera ha reducido su red en un 39% y la segunda en un 36%, cuando la media nacional ha sido del 32%, según el trabajo de investigación. Se puede entender este mayor impacto de cierres de oficinas en la Comunidad Valenciana por el mayor volumen de aperturas que se llevó a cabo durante todo el “boom” inmobiliario.

Sobre la vinculación del ladrillo con la desmedida apertura de bancos y cajas de ahorros, en octubre de 2011 el ilicitano Antonio Torres Maruenda, profesional de la banca que ostentaba entonces la presidencia de la Asociación de Cuadros de Banca (ACB), un sindicato sectorial de los autodenominados “independientes”, me contaba en una entrevista que aquí –en clara alusión a la Comunidad Valenciana y la provincia de Alicante- se habían montado sucursales bancarias allí donde se hacía una promoción inmobiliaria. “Una oficina podía funcionar perfectamente con dos o tres bloques de edificios alrededor”, afirmaba coincidiendo con un encuentro mantenido en el Rotary Club Elche Illice. Pinchazo de la burbuja inmobiliaria y nefasta gestión de entidades de ahorro propias de esta comunidad, como la CAM y Bancaja, además del Banco de Valencia, han sido ingredientes de la misma ensalada.

Valencia y Alicante se han situado entre las ocho provincias españolas que, porcentualmente, más sucursales bancarias han perdido durante la crisis. La primera ha reducido su red en un 39% y la segunda en un 36%

El Instituto Valenciano de Finanzas (IVF) ha cuantificado en 1.106 el número de oficinas (incluye a las cooperativas de crédito) existentes en la provincia de Alicante a fecha de marzo del presente año y tras haberse producido una pérdida de 617 sucursales desde finales de 2007. Si excluimos a las cooperativas de crédito recogidas en esta estadística, la cifra de sucursales queda por debajo del millar. De hecho, la Asociación Española de Banca (AEB) tiene sus propias estadísticas y en su anuario de cierre del ejercicio 2015 la provincia figura con 625 sucursales bancarias, de las que 120 están asentadas en la capital.

Aunque no hay datos  locales de Elche en los anuarios e informes citados, si la información que facilitan las propias entidades bancarias a través de sus páginas webs se ajusta a la realidad, el municipio cuenta en estos momentos con cerca de 90 oficinas pertenecientes a unas trece entidades diferentes, así como media docena de sucursales de cooperativas de crédito. ¿Son muchas? ¿Son pocas? ¿Son suficientes para la población de Elche? Lo que parece claro es que cada vez serán menos. Los bancos continúan cerrando locales para abaratar costes ante la falta de rentabilidad en otras facetas de su hasta ahora negocio tradicional. La obligada potenciación de la banca digital por la fuerte competencia de otras empresas que se han lanzado a ofrecer productos financieros utilizando las tecnologías de la información y la comunicación (lo que se denomina “fintech”) es otro factor decisivo en la progresiva “eliminación” del despacho físico de atención al usuario.

Cuando el modelo de negocio ya no es el que era, las sensibilidades se dejan a un lado y se elige el camino más fácil: bajar la persiana, despedir o prejubilar a empleados y olvidarse de si el tío Paco tiene o no una oficina donde ir a comprobar con su cartilla si le han pagado la pensión. Y encima, ya ni regalan cacerolas.

El problema es que esta “exclusión financiera”, como ha destacado el director general del IVF, Manuel Illueca, se está manifestando mayormente en ciudadanos con menor poder adquisitivo y en aquellos con menos vinculación a las nuevas tecnologías. Hasta ahora, tuviésemos muchos o pocos recursos económicos, los bancos habían hecho negocio con nosotros. Ganaban dinero y nos regalaban cacerolas para tenernos contentos. Cuando el modelo de negocio ya no es el que era y las exigencias de rentabilidad han cambiado, las sensibilidades se dejan a un lado y se elige el camino más fácil: bajar la persiana, despedir o prejubilar a empleados y olvidarse de si el tío Paco tiene o no una oficina donde ir a comprobar con su cartilla si le han pagado la pensión. Y encima, ya ni regalan cacerolas.

 

 

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1 comentario

  • Vicente Coves dice:

    Porque no crear una caja de ahorros del Vinalopo? Por mucho que los sinverguenzas de la UE se empeñen, tenemos leyes decimonónicas que dan derecho a restablecer la sensatez. Bajo la premisa de que hay que adaptarse al resto de la UE y crear monopolios bancarios están cerrando decenas de oficinas y esta barrabasada la permiten TODOS los partidos. Repito que la solución es volver a crear cajas de ahorros con fines sociales, sin políticos metiendo las zarpas y con oficinas en los barrios sin fastuosas sedes en Alicante ni megafusiones impersonales.

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