“Pepe, te quiero, pero si usas Colgate te querré más”

CHABOLAS

Semejante recomendación publicitaria y otras muchas maravillas aparecen en un libro que me permito recomendar:

Antonio Cazorla: Miedo y Progreso. Los españoles de a pie bajo el Franquismo, 1939,1975. Alianza Editorial (2016).

Antonio Cazorla Sánchez es un historiador almeriense, catedrático de Historia Contemporánea de Europa en la Trent University de Ontario (Canadá). Su historia de los españoles de a pie durante el Franquismo está aderezada por un buen número de historias de vida, incluida la suya propia: nacido en 1963, el cuarto de siete hermanos al margen de otros dos que no llegaron a nacer o murieron con pocos meses, de padres analfabetos y pobres, con hermanos trabajadores no especializados y hermanas reconvertidas en sirvientas con muy pocos años de escuela. Vale la pena citar como esa familia de nueve miembros y un prometido terminaban de cenar en los años finales de la década de los cincuenta: “Como era menester, la madre repartía el postre, compuesto por dos naranjas que se distribuían con arreglo al siguiente criterio: los varones tenían preferencia sobre las mujeres y los mayores sobre los más jóvenes. Así, el padre de familia recibía tres gajos, el futuro yerno y cuñado dos, y lo que quedaba se dividía entre el resto (la madre, tres niños y cuatro niñas)”. Es fácil adivinar quién las más de las veces se quedaría a medio cenar y sin probar la fruta. Hay otras muchas historias que abordan la vida cotidiana y la discriminación de género que comenzaba en la infancia y se consolidaba durante la pubertad. Este párrafo que incluimos a continuación tampoco tiene desperdicio: “Normalmente, cuanto más pobre era la familia más hijos tenía -la descendencia era la seguridad social de los pobres- y, por regla general, las hijas eran obligadas a trabajar en la casa y a cuidar de sus hermanos desde una edad temprana. Para los varones, la vuelta de la mili suponía el paso a la vida adulta -solía decirse que solo entonces se les permitía dejarse el bigote o fumar en presencia del padre- pero las mujeres permanecían bajo supervisión constante hasta el matrimonio. Incluso, aunque estuvieran prometidas, otro miembro de la familia debía actuar como ‘carabina’ cuando salían con el novio. La situación de discriminación continuaba durante el matrimonio. A diferencia de los varones, en el supuesto que enviudaran (y especialmente, si ya tenían hijos) a menudo no se veía con buenos ojos que las mujeres se volvieran a casar, y sufrían más frecuentemente que los hombres el escarnio de las habladurías. Ya que la relación emocional entre el padre y los hijos era limitada, los lazos más fuertes eran con la madre. En este sentido, no resulta pues difícil entender que la posibilidad de perder a la madre y de acabar con una madrastra fuera muy temida por los hijos”. Salvo, lo que fue muy corriente en toda España, que el viudo se casara con una cuñada.

 

 

Normalmente, cuanto más pobre era la familia más hijos tenía -la descendencia era la seguridad social de los pobres-

 

Un tercer y último relato para no perderse el libro de Antonio Cazorla. Se refiere a una entre cientos de miles de historias de emigrantes andaluces al norte de España: “Eran de Granada, donde el padre, que trabajaba en la construcción, tenía que andar todos los días a pie 14 kilómetros para ir al tajo, y todo por un salario miserable. Este hombre decidió emigrar a Barcelona en 1949 después de ser convencido por su cuñado de que ‘allí había mucho trabajo’. En Barcelona ganaba 140 pesetas semanales de las que enviaba cuanto podía a su mujer y a sus cinco hijos. Su alimentación diaria era un cocido que comía por la noche. Cuando consiguió un trabajo mejor (225 pesetas por semana) su mujer y las dos hijas mayores se mudaron con él a una chabola en Montjuic que les había dejado de forma gratuita un amigo; el resto de los hijos se quedaron con la familia en el pueblo. La mujer encontró un trabajo que le reportaba 125 pesetas semanales, mientras las hijas permanecían en la chabola al cuidado de la mujer del amigo. En su caso, progresar significaba explotación y sacrificios continuos. Para ahorrar dinero, no hicieron uso ni una sola vez del tranvía o del autobús en cuatro años. La hija mayor, en cuanto pudo, en vez de ir a la escuela se puso a trabajar en un taller de aprendiz.  Después de un año de vivir en la chabola, y con la ayuda de un modesto crédito de otro conocido de Granada, consiguieron ahorrar 3.000 pesetas y comprar su propia chabola. Su situación era no obstante muy precaria: la amenaza de demolición de las autoridades fue constante hasta la regularización de su modesta casa en 1957. Era un logro nada desdeñable en una Barcelona donde había entonces cerca de 13.000 chabolas habitadas por unas 66.000 personas. El sistema de supervivencia basado en la estructura familiar continuó funcionando. Los hijos restantes y otros familiares se unieron a ellos, llegando a vivir en la chabola 14 personas. Dos hijos más nacieron en Barcelona. La situación financiera de la familia mejoraba porque, a excepción de los más pequeños, todos trabajaban. El padre combinaba su jornada de ocho horas en una fábrica con un empleo de guarda durante la noche. Así lograron ahorrar lo suficiente para vender la chabola y comprar un pisito en L´Hospitalet. Cuando fue entrevistado a mitad de los años sesenta, el padre se mostraba satisfecho con sus logros, y de haber dejado atrás la miseria de Andalucía, apostillando que en Barcelona por primera vez en su vida había vestido calzoncillos blancos”.

 

Antonio Cazorla define el franquismo como un régimen “ineficaz, corrupto, opresivo y criminal” en el que los ciudadanos tuvieron que abandonar toda esperanza de libertad a cambio de poder vivir en paz

 

Antonio Cazorla define el franquismo como un régimen “ineficaz, corrupto, opresivo y criminal” en el que los ciudadanos tuvieron que abandonar toda esperanza de libertad a cambio de poder vivir en paz: “Este intercambio entre libertad y paz (aunque esta fuese la de los cementerios), por sí mismo devastador, llevó incluido el precio el estancamiento económico del país. Frente a la prosperidad democrática de los países vecinos, la peculiar paz del franquismo dispensó a los españoles de a pie un inconmensurable y prolongado sufrimiento material”.

Una excelente investigación que merece la pena conocer. No se la pierdan.

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