Rapadas, violadas, purgadas… en Elche: “Me voy de aquí porque ya no les queda nada más que hacerme”

compo mujeres

Recuperamos la memoria de mujeres ilicitanas que fueron represaliadas durante el franquismo

Lee la primera parte del reportaje: “Rapadas, violadas, purgadas… Crímenes de género durante el franquismo”

“Yo siempre digo que fue la última presa del franquismo porque Antonia nunca salió de la cárcel. Pasó de una a otra. Primero, la cárcel del régimen, luego, su cárcel personal en el psiquiátrico, hasta su muerte”. Gabriela Grau Mecha cuenta la historia de su tía mientras mira una y otra vez sus fotografías: “¿Verdad que era guapa? A pesar de ser de origen humilde, de clase obrera, Antonia se cuidaba mucho, era muy presumida, muy fina. Siempre olía a jabón”. Sobre la mesa, un retrato de Antonia Mecha Campello nos mira. Una mirada clara y penetrante, triste, perdida en algún momento de su historia de horrores indecibles. El caso de esta maestra republicana nacida en la calle Daoiz, hija de alpargateros, es probablemente uno de los más duros entre los de las ilicitanas que fueron represaliadas por el franquismo.

Así lo cree también Miguel Ors Montenegro quien, desde la Cátedra Pedro Ibarra de la Universidad Miguel Hernández, lleva cerca de una década entregado al ejercicio de recuperar nuestra memoria histórica. “Nunca he visto una historia de una mujer para la que la guerra significara semejante tragedia”. Antonia Mecha no se repuso del trauma de la cárcel y el calvario de los cinco años que permaneció presa. Tras ellos, un diagnóstico: trastorno de personalidad, y otro destino: la Granja Psiquiátrica de San Juan, donde murió en 2004. Pasó casi sesenta años de su vida encerrada.

De los años de la Guerra Civil y posguerra, el profesor Ors ha recopilado los expedientes de 78 mujeres, ilicitanas o residentes en Elche, que sufrieron los rigores del franquismo. En su inmensa mayoría se trata de jóvenes en la veintena o treintena, de clase trabajadora, obreras, jornaleras, hiladoras, alpargateras, pero también alguna que otra maestra republicana. Solían ser condenadas por “excitación” o “auxilio” a la rebelión, con penas que podían llegar a los 12 ó 20 años, o incluso a los 30, como fue el caso de María Febrero Boj, conocida como “la Peligros”, amante de un funcionario judicial apodado “el Grillet”, una mujer muy popular en Elche. “La Peligros fue la mujer a la que se le impuso la mayor condena de todas las ilicitanas represaliadas por haber incitado a matar a los presos de derechas”, explica el director de la Cátedra Pedro Ibarra. Esta alpargatera de 35 años ingresó en la prisión de Elche en mayo de 1939 y pasó también por las cárceles de Orihuela y Alicante. En la cárcel, las ilicitanas no escaparon a todo tipo de torturas y vejaciones, las mismas razones que han llevado a la organización internacional Women’s Link a presentar una querella para que se juzguen los crímenes de género cometidos durante el franquismo.

 

norbertaNorberta del Olvido, denunciada por su propia familia

Esta ilicitana de nombre garciamarquiano tuvo una vida corta, poco más de treinta años que fueron suficientes para experimentar prácticamente todas las formas de tortura con las que el régimen castigaba a las mujeres de izquierdas. Norberta nació en torno a 1918, hija de un alpargatero de Aspe residente en Elche. Estudió Magisterio y piano, y ya desde muy joven, plasmó sus ideas socialistas en varios medios de la época, como el semanario ilicitano El Obrero o el periódico Vida Nueva. Durante la Guerra Civil, la familia se trasladó a Úbeda, donde Norberta se afilió a Socorro Rojo Internacional y ofreció conciertos con los que obtener fondos para ayudar en la contienda.

Una vez acabada la guerra y tras la muerte de su padre, la joven regresó a Elche junto a su madre. De vuelta en su ciudad natal, Norberta fue denunciada ante Falange por su propio padrino. La detuvieron. La raparon. La obligaron a beber aceite de ricino, una sustancia que en dosis altas provoca fuertes diarreas, náuseas, vómitos y dolores. Fue violada. Al salir de prisión, sus familiares cuentan que dijo: “Me voy de aquí porque ya no les queda nada más que hacerme”. Madre e hija se trasladaron entonces a Valencia, donde fueron acogidas por una familia de derechas con cuyo hijo, paradójicamente, acabaría casándose. Norberta del Olvido falleció a principios de los años cincuenta.

 

antoniaAntonia Mecha, 60 años de encierro

“Si no hubiera pasado por todas esas torturas y hambre no hubiera enfermado”, afirma con rotundidad Gabriela, hija de la hermana menor de Antonia Mecha. En una época en la que la educación superior estaba destinada solo a las familias más acomodadas, Antonia, con mucho esfuerzo y trabajo, se las arregló para llegar a ser maestra. Cuenta su sobrina que ejerció como tal en el Huerto de San Plácido y una escuela de La Alcoraya. Su inquietud la llevó también a estudiar dos años de Medicina en Murcia, hasta que estalló la guerra. La joven, de ideas republicanas, partió entonces al frente de Guadix, donde colaboró como enfermera y fue secretaria de un comisario.

Al acabar la guerra la detuvieron e ingresó en prisión el 11 de abril de 1939. “La raparon. Eso fue muy duro para ella porque era muy coqueta y tenía una melena preciosa. Le dieron aceite de ricino, la torturaron, vejaciones de todo tipo. Mi madre iba a llevarle comida y contaba que ya en esos años empezó a enfermar”, recuerda Gabriela. Meses después fue puesta a disposición de un tribunal militar y en febrero de 1940 la trasladaron a la prisión de Orihuela. En agosto de 1941, tras ser condenada a doce años y un día por auxilio a la rebelión vuelve a ser trasladada a la cárcel de mujeres de Monóvar, donde permaneció hasta febrero de 1942, cuando ingresó en el Reformatorio de Adultos de Alicante. Pasó por dos juicios sumarísimos, en 1942 y 1945, y en junio de ese año salió por fin en libertad. Pero Antonia había dejado se ser Antonia.

antonia 3“Durante los siguientes cinco años alternó episodios de lucidez con crisis y fue internada varias veces, estaba trastornada, deliraba”, relata su sobrina. Tras pasar por centros de Murcia, Valencia y Alicante, Antonia fue finalmente internada a principios de los cincuenta en la Granja Psiquiátrica de San Juan. El 7 de diciembre de 2004, Antonia Mecha, la maestra republicana, moría en el psiquiátrico, 52 años después de su ingreso.

Hace unos años, Gabriela encontró entre las páginas de un libro la tarjeta de visita que Antonia utilizaba en sus tiempos de maestra. “Su mente se quedó en aquella época. Pensaba que seguía presa, que estaba secuestrada allí, que ella se llamaba Maribel y que era hija de unos farmacéuticos de Alicante, empleaba palabras cultas al hablar”, recuerda su sobrina, quien la visitó hasta el final de su vida, “una vida muy triste”. Antonia Mecha Campello está en la lista de mujeres que darán su nombre, próximamente, a alguna calle de Elche, una ciudad todavía endeudada con la memoria en cuyo callejero aún figuran nombres estrechamente vinculados a la dictadura franquista.

 

Isabel, violada y embarazada

“Todo lo que sé es porque me lo ha contado ella. Fuimos grandes amigos, una relación casi de madre e hijo”, advierte José Antonio Carrasco. Cuando Isabel Cremades Arronis fue detenida y encarcelada su marido ya había marchado a París. Era una pareja marcada políticamente, militantes del PCE, la propia Isabel había escrito en el semanario comunista Elche Rojo. Cuenta Carrasco que Isabel ya había parido a su hijo mayor, sin embargo, los planes de la familia de volver a reunirse tuvieron que esperar.

“La cogieron como esposa de y comunista y la metieron en la cárcel. Me consta de buena tinta que las mujeres presas eran sistemáticamente violadas y que cada policía tenía su concubina particular. Esta era la mía, esta la tuya, esta la del otro. Isabel era la presa de un importante policía falangista, casado con una ilicitana de buena familia, con hijos, bien situado. Este hombre despiadado la violaba siempre que quería y fruto de esos abusos ella quedó embarazada”, relata.isabel

 

El niño nació en Alicante, hijo de una mujer sola, de padre desconocido a ojos de todo el mundo. Una vergüenza, un deshonra en aquellos años. Isabel registró al pequeño con sus dos apellidos y, en torno a 1950, se marchó con sus dos hijos a la capital francesa, junto a su esposo. “París fue la salvación, la solución de su vida”, recalca hoy su amigo. “Allí el matrimonio funcionó, el amor era sincero y su esposo aceptó a este hijo como si fuera propio. Tuvieron una hija más y fueron felices”. Tras enviudar, Isabel regresó a Elche.

“En ella nunca hubo odio ni rencor. Me dijo quién fue su violador, las veces que fue, cómo fue, que les pegaban, que las maltrataban, pero no guardaba rencor. Isabel solo quería que yo supiera la verdad”, recuerda Carrasco quien, a mediados de la década de los ochenta, un 14 de abril, organizó el único homenaje que recibió en vida esta mujer discreta y humilde. “Entendí que era necesario”.

 

Josefa Torregrosa, “la roja”

Los archivos de elche.me, la web de la Cátedra Pedro Ibarra, guardan el testimonio en primera persona de Josefa Torregrosa Vicente, conocida como “la Roja”. Josefa era de familia obrera, sus padres trabajaban en la fábrica textil de Ripoll, donde ella empezó también a trabajar con diez años. Con tan solo nueve años ya se había afiliado al Partido Comunista y con 15, en febrero de 1936, participó en la quema de las iglesias. Con 17, la detuvieron. Así contaba cómo fue:

“Me detuvo ‘Chinchilleta’ […] Entonces yo tenía un golondrino debajo del brazo; en la Glorieta tocaron el Cara al Sol y todos nos paramos y había que poner el brazo en alto. Como no podía hacerlo por el golondrino, ‘Chinchilleta’ se acercó a mí y me dio un tirón del brazo y aquello empezó a sangrar y a salir pus. Como me dolió mucho le grité: ¡¡Fill de puta!! Me detuvieron y me llevaron frente a Santa María”, relataba en una entrevista, en 2002.la roja

 

Le dijeron que se desnudara y se negó. La tuvieron incomunicada. “Entraron dos falangistas con un vaso de esos de borde gordo que llevaban leche condensada, lleno de aceite de ricino y me obligaron a bebérmelo tapándome la nariz. Pronto empecé a tirar por arriba y por abajo. Al día siguiente me dijeron que era una guarra y me dieron un cubo para que lo limpiara todo, pero ni trapo de me dieron”.

Su testimonio describe lo que otros muchos han contado de cómo tocaban las campanas mientras la gente era torturada para que no se oyeran los gritos. Josefa estuvo ocho meses encerrada y abandonó la cárcel enferma de sarna. “Todavía recuerdo los camiones llenos de falangistas y de curas con fusiles cuando estoy sola…”

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