“El rechazo de mi madre por ser gay fue mucho peor que el salto de la valla de Melilla”

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Hay una pequeña cicatriz que cruza su nariz. Una línea casi imperceptible si uno no se fija bien. Una línea insignificante si no fuera por la historia que esconde. Hay más cicatrices. En los brazos, en las manos, en las piernas… y otra profunda en el torso que lo delata. “Conseguí saltar la valla de Melilla después de seis intentos. Tienes que llevar mucha ropa, yo llevaba tres pantalones y tres chaquetas pero me hice mucha sangre. Cuando pasé la primera valla no sabía que había eso redondo [dice refiriéndose a las concertinas barbadas, unas hileras de alambre salpicado de cuchillas que se colocaron en 2005] y caí con la cabeza”.

Una valla, otra valla y por fin, seis meses después de salir de Camerún, logró entrar en España. Era el 16 de octubre de 2012 y con él saltaron otras 500 personas. Cada una con su historia a cuestas. En abril de ese año, Agustin Pessinou, un joven camerunés nacido en Duala hace ahora 33 años, decidió que debía marcharse. Cruzar Nigeria, Níger, Algeria y Marruecos dejándose los ahorros que había conseguido reunir en su trabajo como carpintero para pagar a los transportistas. Llegar al bosque de Nador y sobrevivir ahí casi cuatro meses sin prácticamente nada. Aguantar el hambre y las palizas de la policía marroquí. “Llegaban por las noches, nos pegaban con porras y nos quitaban todo”, recuerda. Y saltar.

Agustin Pessinou no huía de la guerra, ni de la pobreza. De hecho, jamás se le hubiera pasado por la cabeza abandonar su país, pero se acostumbró a decirle a sus compañeros de viaje que quería llegar a Europa para buscarse la vida. “Si les contaba que era homosexual me decían que no podía ser, ¿maricón?, y muchos me rechazaban”.

En Camerún la homosexualidad es ilegal, un delito por el que puedes pasar hasta cinco años en la cárcel. “Yo no quería ir a la cárcel”, dice Agustín, que el pasado viernes participó en una mesa redonda sobre refugiados organizada por Amnistía Internacional Elche. La noche que se torció su vida estaba en un bar con su novio, Elvis. Era un día de fiesta, el 8 de marzo. Se tomaron unas copas y, como cualquier pareja, llegó un momento en el que desearon abrazarse. Decidieron ir al baño y cerrar la puerta con tan mala suerte que el pestillo cedió y un hombre los sorprendió. “Empezó a gritar “¡Maricones, maricones! ¡Estos maricones están haciendo el amor!”, nos sacaron del bar y llamaron a la policía”, relata.

Días después, Agustín encontró a su madre con un papel. “Ella no sabía leer pero era una denuncia que había llevado la policía. El hombre del bar me denunció por homosexual”. Fue entonces cuando optó por marcharse unos días a casa de Elvis. La noticia cayó en su familia como una bomba. Su padre, que desde hacía unos años le insistía en que ya era demasiado mayor y debía casarse, no podía aceptarlo. “Para las familias es una vergüenza, no solo te rechazan a ti por ser gay, la gente de alrededor también discrimina a la familia. Ellos no quieren saber nada de mí, es como si no existiera”. Tan solo una tía algo más joven que él mantiene un contacto regular con Agustín.

Para las familias es una vergüenza, no solo te rechazan a ti por ser gay, la gente de alrededor también discrimina a la familia

“Cuando estuve ya en España lo primero que quise hacer fue llamar a mi casa, hablar con mi madre, decirle que estaba bien, pero ella no quiso hablar conmigo, no quería saber nada de mí. El rechazo es lo peor de todo, mucho peor que todo lo que he pasado, el viaje, saltar la valla de Melilla. Ese es un dolor que está siempre ahí”.

Su pareja, Elvis, se había quedado en Camerún, donde tenía un buen trabajo en el puerto de Duala. Solo cuando Agustín estuvo asentado en España decidió reunirse con él. Cruzar Nigeria, Níger, Algeria y Marruecos. Subirse a una patera para atravesar el Estrecho. Y morir en el mar. “No lo consiguió”. El silencio dura unos segundos que parecen años. “Su hermano me llamaba luego por teléfono y me gritaba que yo lo había matado, que se había muerto por mi culpa”, como si él hubiera decidido un día libremente dejarlo todo porque su país les consideraba criminales por ser dos hombres y amarse.

Agustín, en el centro, durante la manifestación del Orgullo Gay en Valencia / Imagen cedida

Agustín, en el centro de la imagen, durante la manifestación del Orgullo Gay en Valencia / Imagen cedida

En España las cosas tampoco han sido fáciles. Pasó un tiempo en el CETI (Centro de Estancia Temporal para Inmigrantes) de Melilla y de ahí lo enviaron al CIE (Centro de Internamiento para Extranjeros) de Barcelona, o como él lo describe: “la cárcel”. De Barcelona a Burgos y de Burgos a Francia, donde lo acogió un compatriota con el que había mantenido una relación sentimental en el pasado y que ahora vivía en el país galo, “casado con un blanco”.

En Francia no le fue muy bien. “El marido de mi amigo se puso muy celoso y me tuve que ir”. Se marchó a Bruselas donde le hablaron del asilo y finalmente regresó a España donde lo solicitó a través de ACCEM, en Valencia, hace ahora dos años. “Desde entonces no sé nada, le pregunto a mi abogada que qué pasa pero nada”, comenta con cierta amargura.

Hace dos años que pedí asilo y todavía no sé nada

Agustín vive en Valencia y trabaja en el campo, recolectando cebollas o naranjas, según la temporada. “Mi jefe es un pakistaní. Él nos recoge a las cinco de la mañana y volvemos por la tarde”. Cuenta que no ganan un sueldo fijo, cobran según vaya el día. Las cantidades pueden oscilar entre los 15 y los 25 euros si es un día bueno. “Si no trabajo no gano nada”. Venir a Elche a contar su historia le supone perder dos días de trabajo. Pero lo hace. Tal vez pueda ayudarle en el tema del asilo, piensa, tan atascado desde hace dos años.

Las personas como Agustín que piden protección internacional reciben una tarjeta roja que los identifica como solicitantes de asilo. Es su DNI particular, un documento que garantiza la no expulsión a su país de origen hasta que se resuelva su proceso. “Cuando me piden los papeles para un trabajo o para cualquier cosa y enseño la tarjeta roja muchas veces me dicen que eso no les vale, que si es un papel falso, que quieren una tarjeta, el NIE”. Una situación paradójica que destila ignorancia y que ha llegado a vivir incluso con policías.

Entre sus planes no está quedarse en España. Admite que es un país avanzado en términos legales en lo que respecta a la homosexualidad pero sigue sintiendo cierto grado de discriminación. “Muchos hombres blancos te ofrecen dinero a cambio de sexo y yo no quiero eso, quiero tener un buen trabajo, pagar mi casa, vivir una vida normal”.

En un futuro, baraja marcharse a algún país francófono como Francia o Bélgica, donde espera que las cosas sean un poco más fáciles para él. De momento, sigue en Valencia. Aquí colabora con la organización LGTBI Lambda y con ellos se ha manifestado este sábado, encabezando la marcha del Orgullo detrás de una pancarta que recuerda que sus países les condenan por ser gays y exigiendo el derecho de asilo. Un derecho que no acaba de llegar. Y eso que ni siquiera en España se siente seguro. Desde el mes de mayo está recibiendo mensajes al móvil desde Camerún con amenazas: “Sabemos donde estás, no vuelvas a poner tus pies de maricón aquí o te colgaremos”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2 comentarios

  • HOMER dice:

    Es lo que me parece absurdo de las políticas de España, sobre todo este tipo de asilos que son solicitados por personas con graves problemas en sus países por guerra, por persecución política, por derechos humanos, por libertad, y aun así España se cierra como si viviera aun en el Franquismo. vaya recuerdo cuando mi país Venezuela en los 50S y 60S recibió miles y miles de barcos lleno de españoles huyendo de la pobreza, de la postguerra civil, y del franquismo se le abrieron las puertas a los españoles donde hicieron su vida y grandes empresas.

  • ruiz sanchez dice:

    Desde el ayuntamiento se le debería de buscar un trabajo a este chico, y si no por lo privado en urbaser o algo, me parece muy injusto que exista una casta de trabajadores familiares de urbaser mientras personas como este chico se merecen mas que ellos un puesto de trabajo. Dando asilo y un trabajo a este chico ayudamos a engrandecer nuestra ciudad y conseguir que Elche sea la gran ciudad que queremos.

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