La Gaza humana y llena de vida también existe

El periodista valenciano durante la presentación de su libro "Viure, morir i nàixer a Gaza" / Fotografía: El Taladro
El periodista valenciano durante la presentación de su libro "Viure, morir i nàixer a Gaza" / Fotografía: El Taladro

Pregunta de urgencia para el lector. ¿Cuál es la primera imagen que te viene a la mente si te pregunto por el siguiente país: PALESTINA? Efectivamente. Por tu cabeza se han cruzado escenas de guerra, destrucción, injusticia o miedo. Pero este territorio del Mediterráneo no es eso, o al menos, no solamente eso. Es mucho más.

Esta es la principal tesis que maneja David Segarra, periodista valenciano que el pasado jueves presentó en el Casal Jaume I su libro ‘Viure, morir i nàixer a Gaza’, compuesto por 100 fotografías y 25 textos que retratan una Gaza humana, sentida, sencilla y bella.

Para ello, Segarra (Valencia, 1976) estuvo viviendo tres meses allí –tuvo la suerte de que le concedieran una de las escasísimas solicitudes de entrada que concede Israel- justo antes de que el Estado israelí asediara por aire el territorio gazatí y causará más de 2.000 muertes en la llamada Operación Margen Protector. El 8 de julio se cumplirá un año de aquella intervención armada que ni fue la primera ni, por desgracia, será la última entre Israel y Palestina.

En su estancia en Gaza, el también documentalista pudo comprobar en primera persona cómo reacciona la población cuando una bomba interrumpe e irrumpe una jornada en la que reina la calma. “Cuando cayó una bomba cerca de donde estábamos en ese momento, vi algo que no entendía. La gente no corría. No entraban en pánico ni lloraban. ¿Huían? No, porque no tenían ningún sitio donde esconderse”, recuerda ahora. “Simplemente vivían con esa situación”, convivían con eso.

A dónde pueden ir unas personas si están en la prisión al aire libre más grande del mundo, como ha recordado Noam Chomsky en numerosas ocasiones. Por el bloqueo impuesto por Israel, Gaza vive atrapada entre asfalto y mar. De hecho, como recordó Segarra, los pescadores tienen limitada su actividad pesquera a máximo 4 kilómetros de la costa. Si algún barco sobrepasa esa frontera marcada por el vecino Israel, su destino quedará irremediable e irreparablemente anclado a un cementerio de hojalata próximo al lugar donde se concentran los navíos convertidos en queso gruyere.

David Segarra sabe cómo se las gasta el ejército israelí. Aunque él no hablara de este episodio en la charla del pasado jueves, su nombre saltó a la palestra informativa en 2010 cuando la armada de Israel atacó al Mavi Marmara, unos de los barcos de la flotilla de ayuda a Gaza. Segarra tuvo suerte y sobrevivió al ataque. En cambio, nueve activistas fueron asesinados ante la pasividad de Occidente.

sala

Pero no nos desviemos y volvamos al objetivo de ‘Viure, morir i nàixer a Gaza’. “Cuando conseguí entrar allí lo primero que me encontré fue vida, mucha vida. La belleza está presente en los campos y en los huertos, en los oliveros y en los naranjos. Lo cierto es que es una zona que se parece mucho a nuestro Mediterráneo”, explica David Segarra con una sonrisa en la cara.

Aunque fueron las personas con las que se encontró a su paso lo que más apreció este valenciano que vive y trabaja en Venezuela. Personas que, como en la novela Farenheit 451, son como libros que caminan porque cada una tiene una historia detrás. “Un palestino es un libro, una biblioteca que camina”. Los abuelos, por ejemplo, representan el máximo privilegio que puede tener una sociedad. Todos los respetan y todos, hijos y nietos, quieren estar con ellos y beber de su sabiduría.

Segarra está lleno de anécdotas que explican –en el fondo- por qué se empeñó en editar este libro que consiguió publicar gracias a las aportaciones vía micromecenazgo. Hablamos de Isabel, una periodista aragonesa que conoció allí y que se enamoró de un palestino. Ahora lleva ya 24 meses viviendo en Gaza como una palestina más, lo que le supone no poder salir de allí sin el permiso de Israel. O de su amigo Ibrahim, un palestino cristiano que le invitó a asistir a una misa que duró cinco horas. La iglesia, por cierto, acogió a miles de palestinos cristianos y musulmanes durante la última incursión israelí. El templo fue un refugio donde embarazadas dieron luz a vida en medio de la muerte, en medio de los bombardeos.

Pero, por encima de todo, el libro está cargado de vida gracias a unas imágenes que atrapan al lector por su sencillez y belleza. Imágenes que captan la serenidad de un anciano que mira al horizonte, la sonrisa de unos niños que sólo piensan en jugar o la concentración de una adolescente que practica kárate. Imágenes que al fin y al cabo hacen que nos preguntemos por qué a veces el periodismo parece sólo tener ojos para el morbo y el dolor.

Comparte










Enviar
Si te ha gustado este artículo, haz tu donación para que en EL TALADRO podamos seguir escribiendo sobre estos temas.

 

 

 

Comenta

1 comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *